Matias Michelini

Cuando Matías Michelini describe el Sauvignon Blanc Asteroide del mítico viñatero francés Didier Dagueneau, la charla de almuerzo se llena de imágenes. “Me enamoré de ese vino”, susurra Matías, y tras unos segundos asiente en silencio con la cabeza como en medio de una reflexión. Luego recuerda la Loire, la anécdota de cómo a sus veintipico se metió en la bodega para poder conocer a Dagueneau, la etiqueta con un dibujo de El Principito, aromas de sensaciones minerales, pasto húmedo, frescos sabores, final limpio, prolongado, sensaciones de agua. Y de roca.

Afuera llovizna, claro. Los tonos del mediodía de Gualtallary y de la charla parecen pactados por el Sauvignon Blanc Agua de Roca, que ya está en la mesa para acompañar el plato de lentejas humeante que preparó Pablo del Rio en el restaurante de Tupungato Winelands. Hay cuatro mesas, decoración simple con colores claros, una tele de fondo y un aire entre refugio de montaña y comedor hogareño. Normalmente desde esta mesa se ven las montañas, y por las noches muchas estrellas. Dicen incluso que desde Gualtallary se ven tantas estrellas que los primeros pobladores Huarpes llamaron al lugar “Tupun-Catu” (mirador de estrellas)… Pero hoy no hay caso, todo está gris y en sintonía agua.

“El Asteroide de Dagueneau me hizo pensar en agua de roca, y fue mi inspiración para este vino”, revela Matías mientras llena las copas con su Agua de Roca -de 12,5% de alcohol- que, más allá de si mismo, ya abrió un camino en la historia de los blancos argentinos. Es fresco y austero, cristalino, con aromas de flores silvestres que suenan como campanadas de fondo, y en boca es chispeante, induce a una sensación mineral (como dicen algunos al describir este tipo de sensación). La uva viene del viñedo de 10 hectáreas que Matías Michelini plantó en el 2008 a 1500 metros de altura. La producción total es de apenas unas 3500 botellas, cuyo vino fermentó 50% en uno de los huevos de hormigón que los hermanos Michelini tienen en la bodega familiar, Zorzal.

Enólogo y creador de Passionate Wine -su propia marca que actualmente asila una docena de vinos tan diversos como los picos del horizonte mendocino-, Matías no siente vértigo al afrontar desafíos agrícolas. Explora los limites desde la ubicación de su finca, trepada a los cerros a 1,500 metros sobre el mar. O desde plantar viña de semilla, buscar uvas viejos parrales por toda la región, utilizar preparados de compost especiales (y biodinamicos), o experimentar con el calendario biodinámico –adaptado al hemisferio sur por René Piamonte Peña del calendario de María Thun-. En bodega, dice que tiene mil historias de aventuras de prueba y error, incluyendo co-fermentaciones (el vino nace de un corte de variedades diferentes), diferentes puntos de cosecha, fermentación de la uva entera (maceración carbónica), utilización de recipientes de concreto con forma de huevo, y recientemente vinificación en ánforas, al modo en que se hacia al vino en el tiempo de ñaupa. “Estamos buscando que lo más importante sea la uva y la expresión del lugar de donde viene esa uva. Y que la tecnología y los químicos no incidan”, explica.

Los vinos deben inducir al lugar de donde provienen, dice Matías, o su amigo Paul, que llega algo mojado y se nos une al almuerzo. No importa quien lo dice. Todos estamos de acuerdo. “Siempre digo que los vinos de Gualtallary reflejan lo que se ve desde acá: la cordillera nevada, el volcán Tupungato, y el agua cristalina que baja de los cerros. Todo eso me inspira frescura. Esa una sensación de cordillera en el paladar”, precisa Matías, mientras mira la cordillera, que acaso lo mesura, o lo inspira. Escucho la descripción y pienso de inmediato en el trayecto que manejamos hace un rato para llegar al restaurante en este mediodía lluvioso. El camino corta una colina por el filo, a los costados praderas con poca vegetación, silvestre, baja, algo de tomillo y jarilla, el suelo es austero con piedras blancas (“calcáreas”, dicen por ahí), y mas allá la vista alcanza los Andes, tan cercanos (debemos estar a unos 1300 metros sobre el nivel del mar).

Matías explica que este tipo de situación de terruño genera vinos “con tendencia a sabores minerales y profundidad, vinos mas verticales al final del paladar, y por lo general menos golosos”.

Pese al cielo gris y la lluvia, la charla no tiene nada de melancolía. Acaso lo opuesto. En las ideas del enólogo mendocino hay un impulso de optimismo. “Se vienen los mejores tiempos del vino argentino”, asegura. “Las nuevas generaciones buscan conocer mejor cada terruño, y que aporten al vino el carácter especifico de cada lugar. Ese me parece un camino genial y una evolución inteligente de nuestra viticultura.”