El plato de lentejas está sabroso, bien caliente, y con algo de picante. El Sauvignon Blanc limpia el paladar, lo recubre con frescura. Este Agua de Roca es una de las líneas que produce Michelini, además de Montesco, Malbon e Inéditos, cuyos vinos son experiencias que no siempre se repiten y que van desde un Bonarda de 12% de alcohol con uva de parral antiguo y hecho con fermentación carbónica hasta el Semillón de 11% alcohol y color amarillo verdoso o el Torrontés Brutal color naranja.

Cuenta Matías que al iniciar Passionate, hizo cuatro mil botellas y hoy ya está en las setenta mil. Cuando habla de estos números da la sensación de que no está festejando el crecimiento en volumen, sino mas bien de querer probar que el consumidor también está abierto a tomar otros vinos que no son moda. “Había que animarse a hacer otros tipos de vinos, y yo me animé”, atiza Matías. Y pide otra botella (ahora un Montesco Bonarda).

Paró de llover, las gotas siguen pegadas en las ventanas como millones de puntitos, y el techo dejó de sonar. Paul sirve el vino e insiste que la expresión del vino respecto del lugar de donde proviene es lo más importante. Matías asiente, e pronostica que ese concepto se irá haciendo volviendo mas firme en las nuevas generaciones. “Los nuevos consumidores están ávidos de vinos con carácter de origen, de vinos auténticos. Se está terminando esa moda de todos vinos parecidos, con alta concentración y sabores de madera que confunden el carácter original del lugar de donde nacen esas uvas”, agrega.

Si “la voluntad de los hombres es lo que sostiene las estrellas”, -como dice José Saramago en Memorial del Convento-, Michelini le ha sumado cierta osadía para sostener sus estrellas… mas bien sus vinos. Él dice que para animarse a hacer vinos que no siguen las modas hay que tener libertad y perderle el miedo al fracaso. “No hay mas gente que busque hacer este tipo de cosas porque cuando no tenés la libertad para crear o innovar es muy difícil. Veo muchas bodegas pensando en la rentabilidad del negocio.”

Sin alterar el tono mesurado agrega que si seguimos pensando que siempre hay que hacer el vino que le gusta a tal o cual en el mercado, la libertad de hacer vinos auténticos se limita. “El miedo al fracaso está limitando a muchas bodegas. La industria del vino argentino se impone metas de crecimiento, y después para cumplirlas buscará hacer vinos que se parezcan a los que triunfan en el mercado, en lugar de buscar vinos que se parezcan al carácter del lugar de donde vienen”, afirma.

La charla se desvía hacia el vino y el miedo. Ya no hablamos de las bodegas y las modas sino de esa condición común a cualquier viñatero del planeta, al saberse indefenso a una mala pasada del clima que puede echar a perder el trabajo de un año. Cosas que muchas veces el consumidor de vino no piensa, pero que forman parte inseparable de la aventura de hacer vino. “Es una lucha constante del hombre contra el miedo…”, dice Matías y limpia unas migas del mantel en silencio como prologando algo importante. “Justamente un proyecto nuevo, un vino puro de 60 hileras de una familia de Tupungato, se llamará ‘Eterno Retorno’”, agrega, y se lleva la copa a la boca.

No sé si uno acaba pensando en filosofía cuando toma vino en una tarde lluvia, pero al escuchar la historia de Matías vuelvo a pensar en el “eterno retorno”, esa visión en la que las cosas siguen reglas de causalidad y que evoca el personaje Zaratrusta, de Nietzsche. Este pensamiento del eterno retorno sostiene que hay un principio del tiempo, y un fin, que vuelve a generar a su vez un principio pero con nuevas combinaciones en otras posibilidades. Muy “borgiano” de algún modo, pero también tan cercano a los ciclos de una viña, que cada doce meses se regenera con una multitud de variables que la hará ser diferente al año anterior, ser única.

A esa altura, entre filosofía y esa realidad impactante de los ciclos de una viña, ya estábamos con el Montesco Bonarda de un parral de 30 años en Anchoris. Un vino fresco con entrada un tanto muy dulce y final persistente. Este vino es de los primeros que hizo con su propio proyecto, mientras era aún el enólogo de Sophenia. Había llegado a ese parral por casualidad. “Siempre imagino el vino a partir de enamorarme de la uva, del lugar, del productor que las cuida.”

Suena el celular del enólogo. Atiende y en un gesto con sus manos pide un minuto para hablar. Es hora de hacer una pausa en la charla. Un poco de agua no vendrá mal.