Para Alberto Antonini nada en el vino tiene más fuerza como concepto de producto que el lugar de donde viene, es decir su origen. “Un Malbec se vuelve más seductor si viene de Argentina, por eso habrá que hablar mas de Mendoza y menos de Malbec”, agrega.

Enseguida saca una anécdota de su juventud para explicar. “Hace años fui a una feria de vinos famosa donde estaban los mejores Sauvignon del mundo. Francia, Chile, Nueva Zelanda… Recuerdo que me encantó uno de Sancerre (Loire) y por eso fui y felicité al productor diciendo que era el mejor Sauvignon de toda la feria. ‘Es un Sancerre’ respondió cortante el productor. Miré la etiqueta y decía 100% Sauvignon. Atiné a decirle eso, pero me volvió a cortar ‘es un Sancerre’. No dije mas nada y me fui en silencio. Pero entendí el mensaje de que para este productor el valor del lugar (Sancerre) es lo mas fuerte porque lo vuelve único, porque le evita vender Sauvignon como un comodity.” Antonini se queda mirando a los ojos mientras digiero la anécdota y agrega que “muchas veces el productor chileno que quiere vender su Sauvingon en el mundo tiene que fijar un precio de acuerdo al mercado, y o vuelve un comodity, pero el que vende un lugar de origen fija el precio en base a ese factor”.

“Hay que ir de lo genérico a lo específico, paso a paso el vino mendocino tiene que hablar de su origen y así evitar la internacionalización”

Piensa unos segundos como buscando la conclusión. “El Malbec argentino es el vino que mas creció en el mundo en los últimos diez años, pero ahora hay que volverlo Malbec de Altamira, o de La Consulta para que no entre en la misma bolsa que el Malbec chileno, o el francés.” Pero Antonini, sabe también que “el Malbec argentino de alta gama recién empieza y tiene un enorme potencial por delante”. Por eso cree que hay que ir dando pequeños pasos. “Hay que ir de lo genérico a lo específico, paso a paso el vino mendocino tiene que hablar de su origen y así evitar la internacionalización”, explica. Cree que en Mendoza no hay que exagerar con la modernidad, porque la tradición de esta provincia es la esencia que vuelve los vinos vibrantes.

Estamos en la biblioteca del centro cultural italiano de Buenos Aires, donde Antonini acaba de terminar una charla como parte de la Semana Italiana. La sala comienza a vaciarse y Antonini atiende algunos asistentes con preguntas. Dos señoras lo esperan con una mezcla de timidez y tentación. “¿Puedo hacerle una pregunta?”, dispara una. “Claro”. La señora traga saliva y pregunta “¿Cuál es la diferencia entre Champagne y espumante?”. Antonini contesta con esmero. Las señoras agradecen y se van.

La mitad del año Antonini viaja por el mundo. Va desde Canadá hasta Armenia, Italia o Patagonia. El resto del tiempo está en su casa de Vinci, en la Toscana, donde están casi todos sus discos. Durante años, el italiano fue uno de los enólogos más influyentes en la denominada ola de internacionalización del vino, algo así como un estilo de vinos que apunta, sobre todo, al mercado de consumidores norteamericanos. Sin embargo, el estilo que persigue hoy en día con sus vinos busca la menor intervención posible. “Creo firmemente en el regreso a la elaboración mas simple posible. De alguna manera para hacer menos intervención hay que saber mas y la experiencia me va llevando a eso. De hecho estamos volviendo a las “botti” -barriles de madera neutra-“, cuenta.

“En treinta años he cambiado muchas cosas, creo que para mejor, porque los errores me enseñan a interpretar las cosas, a re-interpretarlas a veces”

Antonini habla pausado y parece cómodo con todos los temas, hasta cuando hablamos de los errores cometidos en su carrera. Entonces, el enólogo italiano dice que los errores que uno comete pueden ser una fortuna, una suerte que te permite progresar. “En treinta años he cambiado muchas cosas, creo que para mejor, porque los errores me enseñan a interpretar las cosas, a re-interpretarlas a veces”, explica. Dice que el vino le ha enseñado a no controlarlo todo y a ser humilde ante la naturaleza.

El final de la charla va derivando hacia las anécdotas del inicio complicado y difícil que tuvo Altos Las Hormigas. Entre sonrisas, admite que el nombre que le pusieron a la bodega es raro. “¿Suena feo?”, dice, y se ríe. Finalmente, confiesa que cuando decidieron el nombre no hablaban bien el español y se dieron cuenta que “el nombre sonaba horrible”. Al final no fue tan grave tampoco, ya que Alto Las Hormigas terminó siendo un nombre que se recuerda muy bien. “Al menos eso nos dicen”, agrega Antonini en tono de broma.