En la pequeña sala de barricas, Brennan Firth se mueve como si fuera un ave sobrevolando la geografía del centro de la provincia de Mendoza. “En esta barrica hay Petit Verdot de Vista Flores, y este es Lambrusco, Malbec de Agrelo y Chardonnay de Gualtallary”, va detallando Brennan mientras camina y trepa entre las barricas donde se van creando sus vinos. Debe tener unas quince cepas de casi veinte regiones y sub regiones de Mendoza, y tan solo una centena de barricas.

De hecho el galpón es pequeño. Vamos probando de barricas de una punta a la otra, mientras Brennan cuenta algún detalle de la uva, del suelo de donde proviene, del productor que se la vendió, o de la tarde que los conoció. Al degustar es como si se desatara el nudo de una pila de postales y cartas atadas con un cordel. Cada vino y cada reseña de Brennan trae un poco del gusto del lugar y su gente, como una postal.

No hay nada ampuloso, ni construcciones fastuosas en este antigua y pequeña bodega, ubicada al final de una calle poco transitada de Cruz de Piedra, Mendoza. De fondo, cada tanto suena un tren que va, o que viene. Hay una corta galería con reminiscencias de épocas de abuelos, un patio chico, y al fondo la sala de barricas donde espera Brennan para la entrevista. El lugar parece a la medida de este viñatero estadounidense, callado, tenaz y sutil. Cuenta Brennan, con su acento yanqui y su argentinísima tonada, que pasa todo el año recorriendo viñas y hablando con viñateros y agrónomos. En el verano empieza a probar uva y al fin decide qué comprará para hacer sus vinos, y cómo los imagina en los cortes. Los primeros resultados han asombrado a muchos, tanto desde los cortes con mayoría de Malbec, como desde la co-fermentaciones menos habituales como el Syrah-Viognier, o un varietal Petit Verdot.

“Podemos decir que hago vinos que son poco comunes. Algunos me llaman ‘el loco Brennan’ por los estilos de vinos y los perfiles que voy buscando en cada corte”, resume Brennan mientras va sacando el primer vino a probar de las barricas. Dice que en estos cinco años que lleva en Mendoza busca hacer los vinos que imagina cuando va recorriendo fincas y probando uva. Y no importa si a veces no encajan en los moldes del momento. “Si confío en lo que puede dar la cepa o el corte, quiero hacerlo, y así romper también prejuicios. Me gusta que mis vinos sean diferentes, que sean buenos”.

La operación de Brennan es bastante sencilla de explicar. Alquila la bodega para elaborar y guardar los vinos y él mismo recorre las fincas, busca la uva, la compra, la vinifica, y por el momento la vende. “Me decían que no podía hacer todo, que mejor hiciera los vinos para otra marca”, recuerda, sonriente. Los vinos que elabora son unas 7 u 8 líneas por año y algunas no superan las mil botellas.

“Busco mostrar un poco más de expresión de una misma finca año tras año, ya que entendiendo que el vino nunca es el mismo, es irrepetible. Quiero decir que capaz un corte que combina uvas de La Consulta y Agrelo una cosecha, a la cosecha siguiente ya no resulta. Por eso quiero tomar decisiones de cuales son los mejores cortes cada temporada”, explica.

Cuando le pregunto cómo lo ven sus colegas, Brennan mira para abajo y ríe. “Algunos piensan que mis vinos son también un poquito locos”, responde, y se nota que no le sienta mal esa idea. Pero tiene claro que ese perfil poco habitual en su manera de trabajar no garantiza la calidad. “Los vinos por sobre todo tienen que ser notables. Es ese el único objetivo”, dice.

Sigue en Parte II