El renacimiento del vino argentino también llegó desde el viñedo, no de la bodega.

Alejandro Vigil

Viene de Ale Vigil Parte I

El tiempo, según dicen, pone las cosas en perspectiva y las re-define. De eso hablábamos con Alejandro Vigil saliendo de la finca de Villa Bastía y camino a Gualtallary. Alejandro contaba lo importante de esa proto-historia del vino argentino, de alta calidad, de fermentaciones biológicas al estilo Jura, de esos 300 años entre el 1500 y finales del 1800. Mas tarde la conversación se desvía y Vigil nos cuenta que la noche anterior estuvo leyendo una enciclopedia de los años ’50.

-¿A que no sabés cómo definen al avestruz en la enciclopedia…?

-No, ¿Cómo?

-…Pollos de dos metros”, remata Vigil.

Luego hace un silencio como para masticar el dato mientras sigue manejando por la ruta 89. “Es increíble como la visión de algo, y la manera de definirlo cambia así en tan poco tiempo ¿no?”, agrega.

Alejandro Vigil, Catena Zapata La charla en el auto se pone buena y solita se encamina hacia el vino, y hacia ese momento de la historia reciente en la que el vino empieza a definirse más en el viñedo, y menos en mágicas recetas o en bodegas. “La era de la explosión de fruta ya pasó, y se está viendo un cambio interesante”, dice. Casi enseguida, cuenta que allá por el 2002 Nicolás Catena lo consultó sobre ventajas y desventajas de homogeneizar el viñedo Adrianna, por entonces una joven parcela plantada en el ’94 a 1,450 metros en Gualtallary. El veinteañero Vigil inicialmente apuntó a darle un rendimiento parejo a las vides en busca de calidad y pragmatismo. Eran épocas de otros estilos y en que la mayoría de los vinos tenían mucho de todo, como si fueran palabras con acento en todas las letras. Vigil recuerda que al poco tiempo de arrancar el trabajo de homogenización del viñedo se arrepintió.

“Era un error, era llevar la viticultura a un pensamiento uniforme, y nosotros sentíamos que debíamos ir en el camino inverso: ir en busca de la diversidad, de los matices de suelo en el viñedo”, recuerda.

Vigil conocía cada detalle de esas parcelas de Adrianna porque antes de unirse a Catena Zapata había estudiado los suelos y las vides de este lugar como jefe de investigación del INTA. “Sabía que el potencial estaba en la diversidad pero los paradigmas de ese entonces eran diferentes… era como llamar pollo de dos metros al avestruz.”

-¿Era una búsqueda de terruño en el 2002?

– Era buscar expresiones desiguales, diversas, naturales. Un manejo que apuntará más a un vino de tal o cual lote de la finca Adrianna, que a un Chardonnay o a un Malbec. Confiábamos en que trabajando mucho sobre lotes pequeños y aprovechando el conocimiento que yo tenía de cada lugarcito de la época en que trabajaba en el INTA. O sea que había una acumulación de experiencias del hombre en el cultivo de un lugar, lo que para mí es el principio de la definición de terroir.

-Parece que todo el tiempo tenemos que estar definiendo o re-definiendo lo que es terroir…

-Porque la definición que nos enseñan es que terroir es la relación entre el hombre, el suelo y el clima de un lugar, que está bien. Pero realmente es la acumulación de experiencias centenarias del hombre en el cultivo de un lugar. El terroir está usado marketineramente y bastardeado.

-¿Qué debería haber para empezar a hablar de terroir?

-Para llamarse terroir, debe de haber habido, por lo menos, dos generaciones de personas viviendo en un mismo lugar. Después, lo importante es la experiencia del vino y de ahí es el hombre que hace a la vitivinicultura. La agricultura no existe por sí sola, existe por el hombre.

Gualtallary, sus suelos y algo de historia

Alejandro Vigil, Catena ZapataEn el trayecto hacia Gualtallary, Vigil charla de su infancia, canta la canción de Divididos que suena desde su auto, responde algún mensaje desde su celular con pantalla de hombre araña y cada tanto señala algún viñedo y cuenta su historia. Tras cruzar la ciudad de Tupungato y el paraje de El Peral, el verde tupido va cediendo a un desierto árido, con suelo pobres, pedregosos y apenas salpicado con jarillas y otros arbustos bajos. Los canales de irrigación –hechos por los indios y mas tarde extendidos por ingenieros italianos en el Siglo XIX- marcan la división del paisaje entre Tupungato y Gualtallary.

Esa frontera también parece definida por el tiempo, entre las fincas de Tupungato con casi un siglo de vida y los viñedos de Gualtallary con apenas veinte años.

La ruta se interna en esa estepa pre-cordillerana y llegamos a la finca Adrianna, una apuesta de Catena a mediados de los noventa en busca de brisas, de frescura, de vinos mas elegantes. La inversión fue enorme en pozos de agua a casi cien metros y riego por goteo. Alejandro Vigil confirma que fue un golpe genial. Hoy en día allí surgen las líneas altas de Catena, entre ellos los estelares White Bones y White Stones, esos vinos que están destinados a ser épicos.

Estacionamos frente a un cañadón que permite ver un corte de suelo. “Hay calcáreo marino, schista y granito”, explica el enólogo mientras señala las capas en la pared del cañadón.

-¿El suelo calcáreo es hoy eje de estudio y de debate también, no?

– Hay mucha confusión respecto de los suelos calcáreos, pero acá puede advertirse claramente la presencia de piedras calcáreas.

Alejandro resalta que el limo, la tiza y la presencia de carbonato de calcio, ya sea activo o inactivo, influye mucho en el viñedo. Los vinos prueban esa influencia por su longitud… son mas largos, o verticales.

Alejandro Vigil, Catena Zapata“Amo este lugar”, murmura de repente Alejandro Vigil, mientras recorremos hileras. Están las parcelas de Malbec, Cabernet Sauvignon, Cabernet Franc y Chardonnay. Allí, junto con los otros enólogos de la bodega Ernesto Bajda y Luis Reginato, y la gran sommelier Agustina de Alba nos detenemos por un buen rato. Acaso ahí, en ese rato en las calicatas advertimos que es el gran momento del día. De estas hileras sale los White Bones y los White Stones, dos Chardonnay de alto vuelo y exquisita expresividad que surgen de rindes bajísimos y clones de Dijon (76 y 95).

Pienso otra vez en esa enciclopedia que decía “pollo de 2 metros” a los avestruces. Lo comparo con la manera de percibir el viñedo hace dos décadas y cómo ya cambió ahora la importancia del lugar y sus condiciones a la hora de hacer un vino…

“Vamos a probar vinos”… Con Alejandro, Agustina, y Nesti ya estábamos otra vez en el auto camino a probar el producto final de esos suelos.

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